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Carta de un escritor a su ex carcelero
 
 
Carlos Liscano
liscano@adinet.com.uy

El laureado escritor uruguayo Carlos Liscano escribió sus primeros textos durante los trece años de detención que padeció ―como preso político― en una prisión militar de su país. Su comienzo fue ambicioso: empezó con una novela, La mansión del tirano, una kafkiana alegoría de la vida en la cárcel que, según él, lo ayudó a sobrellevar aquellos años. Cuando el manuscrito había sido leído apenas por seis compañeros de reclusión, fue requisado por un ignoto suboficial del ejército y el narrador lo perdió para siempre. Con tozuda perseverancia, Liscano reescribió su novela y, en la alborada democrática de 1985, logró sacarla a la calle y publicarla. En el prólogo, el autor admite que «quizás la de hoy fuera mejor que su hermana mayor y más novata, pero aquella primera La mansión del tirano sigue siendo para mí el territorio de la nostalgia. Siempre vuelvo a ella tratando de encontrar, no ya sus palabras exactas, sino la ilusión con que hace años me dispuse a escribirla». En enero de 2007, publicó esta carta en el semanario Brecha:

Señor oficial: Disculpe que me dirija a usted sin poner su grado actual. Es que no lo sé. Creo que el contenido de esta carta mostrará que puedo prescindir de ese dato que no tengo. Aclarado esto, permítame presentarme. Me llamo Carlos Liscano. Entre 1972 y 1985, estuve recluido en el Establecimiento Militar de Reclusión número 1. Fui el recluso 490. Ni antes tuve ni ahora tengo ningún interés en establecer un contacto personal con usted ni en hacer una denuncia ni en perjudicarlo de ningún modo por la cosa que aquí relato. Sólo le escribo para pedirle los papeles que usted me quitó hace veinticuatro años y once meses.

Fue así. En 1981 empecé esta actividad en el EMR número 1, lo que a su vez quiere decir que contravine las normas que regían la institución, por lo menos en el segundo piso, que era donde yo estaba. Mi primer trabajo fue una novela. Algo que, reconozco, fue un exceso. Uno no empieza a definirse como escritor con una novela. Con esto quiero decir que no sólo contravine normas del penal sino también tradiciones de la literatura. Ese trabajo primero, un tanto bárbaro y salvaje, se llamó La mansión del tirano.

En 1982 usted era teniente segundo y servía en el cuartel de la ciudad de Florida. El 14 de febrero de ese año usted abrió la puerta de mi celda, nos hizo salir a mi compañero y a mí, nos puso de cara contra la pared, con las manos a la espalda, como era de uso. Luego entró. Nosotros oíamos cómo revisaba nuestras cosas, es decir cómo las tiraba, que también era de uso. No pude medir el tiempo que usted dedicó a esa actividad. Me pareció que fue mucho rato, pero quizá fue sólo unos minutos. Una curiosidad que aprendimos en la cárcel fue que, concentrando la vista en un punto a diez centímetros de la cara, el tiempo carece de medida. Puede parecer infinitamente largo o, como algunos dicen que es la eternidad, un instante.

Cuando usted salió de la celda llevaba una cantidad de papeles y papelitos en la mano derecha. (Todavía lo veo, de espalda, alejarse con mis papeles). Esos papeles, supuse y luego confirmé, eran todos mis trabajos escritos hasta ese momento. Entre ellos se fue mi novela manuscrita, que había tenido sólo seis lectores. Supongo que en aquel momento usted tenía órdenes que lo autorizaron u obligaron a quitarme los papeles. Supongo que usted y sus superiores creyeron que en ellos podrían encontrar información significativa para la seguridad de cárcel, o escritos políticos o ideológicos. Supongo que cuando advirtieron que se trataba simplemente de intentos literarios dejaron de preocuparse por lo que mis papeles decían. Tiendo a creer esto último porque no fui sancionado, como era de uso en la institución. No pasó nada. Nunca volví a ver mis papeles, usted nunca volvió a mi celda. Ni siquiera pude averiguar su nombre.

Por si a tantos años de distancia todavía le interesa saber qué resultado tuvo su acción, le confirmo que fue para mí muy doloroso perder aquellos papeles. No es que yo creyera que valían mucho desde el punto de vista estético. Pero se trataba de mi trabajo, de mis palabras, escritas a mano con inmensas dificultades prácticas, y dudas aun más grandes que las dificultades. Aunque le parezca una exageración, en ese momento sentí que usted se llevaba mi vida. Tanto me dolió aquella pérdida. Creí que nunca más volvería a escribir. Pero, por fortuna, el ser humano es terco e iluso. Un año después me obligué a reescribir mi novela.

Sé que mi pedido carece de importancia para usted, para el Ejército, para la sociedad uruguaya, para la historia. La literatura uruguaya existe y existirá sin aquellos trabajos míos. Ni siquiera sé si hoy yo estaría dispuesto a reconocerles algún valor. También sé que es bastante vergonzoso reclamar algo tan insignificante cuando el Ejército no ha devuelto los restos de los compañeros que asesinó en la tortura o ejecutó intencionalmente y enterró sólo el Ejército sabe dónde. ¿Qué significado pueden tener para usted unos papeles viejos frente a la iniquidad de la muerte en la tortura y a las ejecuciones sumarias? Todo esto lo sé, pero no puedo evitar, de vez en cuando, pensar en mi primitiva novela, en mis relatos primitivos, en mis proyectos literarios quizá irrealizables, en mis apuntes de cosas leídas. Tengo a mi favor un argumento que acaso pueda ayudarlo: darme la información que le pido no le exigirá ningún esfuerzo ni compromiso ni significará que usted se arrepiente de lo que su arma le ha hecho a la sociedad. Ni siquiera necesito invocar el derecho a la propiedad intelectual para pedirle algo que, como cualquiera entiende, nunca ha dejado de pertenecerme. Esos papeles eran y siguen siendo míos. Mientras que a usted y al Ejército no le importan nada, a mí, le aseguro, sí, y mucho. Me importan hasta un punto que usted no podría imaginarse ni yo soy capaz de decir.

En caso de que usted todavía conserve mis papeles ¿podría devolvérmelos? Si usted no los tiene ¿me podría decir dónde están o supone que están? Si razones de servicio o personales le impiden ponerse en contacto conmigo, puede informarme de modo anónimo. Es fácil, mi número de teléfono está en la guía y pongo aquí mi dirección electrónica.

Le repito que mi pedido no es una denuncia velada contra usted. Tampoco es una ironía literaria. Se trata de una necesidad íntima: la de recuperar un trabajo que es parte de mi vida. Espero que así lo entienda.

Publicado 13 febrero, 2007 por Anna en LITERATURA Y CONTINGENCIA

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