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La Nación Domingo –  17/12/2006

Por Pedro Lemebel (escritor)   Y ocurrió sin más ni más, que el hinchado dictador paró las patas y corrieron los generales, escoltas, cadetes y toda la fanfarria milica por el barrio alto dándose ladrillazos en el pecho por la estrepitosa muerte del ogro chileno. Un gran bufido, un flato funerario y por fin dejó este mundo la pesadilla golpista. Era para no creerlo, parecía blindado el viejo arcabuz que no quería someterse al juicio postmortem. Si había escapado a tantas querellas por crímenes y atrocidades como un batracio resbaloso que llegó al fin de su vida sin ser condenado. Y quizás, esa mueca burlona frente a la justicia quedó estampada en la vitrina de su féretro que recibió el escupitajo del joven esperando largas horas y años para darse el gusto de gargajear esa risa macabra. Y en ese salivazo nos sentimos representados tantos y muchos y todos los que brindamos saltando y bailando por una Alameda de fiesta que entre guanacazos y lacrimógenas celebramos a poto suelto el último suspiro de la bestia o el típico dictador de derecha, como bien lo dijo el ministro del Interior. Pero quedó en el aire cierta decepción, un vacío abyecto que dejó la impunidad. Esa gran deuda con la justicia quedará como una mancha siniestra en la historia del Poder Judicial lavándose las manos con las excusas de: no se pudo, faltó tiempo, retrasos y papeleos que tramitaron la condena esperada por años.

Solamente tuvo que restringirse al barrio alto el teatro decadente del custodiado funeral. Y se lo llevaron rapidito, volando sobre Santiago, por el miedo a que el pueblo tomara venganza con los despojos putrefactos. No pudo hacer el camino de nuestros muertos. Ni Alameda, ni avenida La Paz, ni La Pérgola, ni Recoleta, ni la entrada fastuosa al Cementerio General que tuvo la grandiosa Gladys bajo una lluvia de pétalos rojos. Para el tirano sólo hubo un funeral apresurado, un sepelio de emergencia con los miles de pinochetistas cagados de calor esperando ver al fiambre en vitrina. Nunca pensamos que fueran tantos, estaban escondidos en sus cuevas con la crueldad facha tajeada en la boca. La derecha estuvo casi toda al pie del cajón, boqueando secos como lagartos al sol. No sé cuántos responsos, rosarios y misas de curas castrenses, donde no faltó el beato de la tele con su vocecita de veterana amante de los bototos. Unos obreros de la constru le gritaron asesino desde los andamios, y una cuica demonio de Tasmania desató su furia contra los cristales de la inmobiliaria. Esos trabajadores eran el pueblo digno que hasta el final lo reconoció como lo que fue.

La noticia acaparó noticiarios, reportajes, y algunos conocidos periodistas y conductores de los canales hablaban con un nudo en la garganta refiriéndose al muerto como ex Presidente, mi general, cuando el mundo entero exclamaba murió el dictador. Y otra vez vimos en las pantallas chilenas a los lamebotas, ex ministros, ex asesores de la Junta, haciendo gárgaras por justificar el genocidio. Repugnantes personajes que se empeñan en maquillar el horror con el supuesto brillo económico. También la farándula estuvo triste, vistió de luto, develando su descaro pinochetista. Sólo una rubia bipolar desfiló por la Alameda punteada y manoseada por los locos de la pobla brava. Ella se dice ex comunista, pero a nadie le consta. Ojalá no me siga nombrando en su mugre de telefarándula, porque no soy su amigo. No tengo amistad con los que se babosean con el fascismo. Ni olvido, ni perdón, ni reconciliación pascuera. Así de claro. Y la lucha por la justicia sobre el resto de los cómplices sigue más allá de la muerte del saurio. Tras el humo negro y fétido de su cremación quedó un país dividido para siempre. Una zanja de muertos sin cuerpo imposible de clausurar con la venia piadosa del perdón. En las calles de la celebración encontré a tantos amigos que no veía por años, y la emoción nos hizo recordar a otros que ya no están y se fueron sin saber el destino de sus desaparecidos. Pero esa melancolía era lo único que nublaba el dichoso sol donde las banderas rojas animaban el bullicioso carnaval. Familias enteras recorrían la Alameda alfombrada de serpentinas, y hasta los perros vagos meneaban la cola ladrando contentos en la tarde multicolor. LND

Publicado 17 diciembre, 2006 por Anna en POLÍTICA

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