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Una antilección de democracia

06.10.06 @ 20:32:39. Archivado en Política, Sociedad, Chile

Si se objeta que el “menos malo” de los sistemas de gobierno sea manipulado por las cúpulas políticas, hay que ver cómo se lo (mal) ejerce también donde hace igual falta: en nuestro propio barrio.

Esto sucedió hace pocos días en un lejano, pero democrático país. El alcalde de uno de los municipios metropolitanos más poblados y tradicionales –Ñuñoa- presidió una sesión pública para presentar su propuesta de modificación al plan regulador comunal. Su tarea no era fácil: informar oficialmente sobre nuevas y radicales normas de construcción en altura que despertaban ya una tenaz resistencia en muchos vecinos.

El alcalde -Pedro Sabat- tenía, sin embargo, mejores posibilidades de dominar la situación. En ejercicio por tercer período consecutivo, ex concejal y ex funcionario municipal, fue reelecto en 2004 con una mayoría del 60 por ciento de los votos. Su largo desempeño era evaluado encomiablemente, más allá del hecho de militar en un partido que apoyó al régimen de Pinochet (RN). “Tres años atrás nuestra comuna era equilibrada, consolidada y con identidad, una de las más gratas de la ciudad de Santiago”, reconocen sus propios detractores de hoy.

No obstante, la fuerte expansión del negocio inmobiliario comenzó a desfigurar con grandes edificios los barrios anexos a las principales arterias, quitando tranquilidad, humor y hasta rayos de sol a numerosos residentes. Ante los crecientes reclamos, Sabat propuso al concejo municipal una urgente modificación al plan regulador, con el fin de desviar los proyectos hacia zonas periféricas de la comuna e imponer mayores restricciones a aquellos que prefirieran sectores centrales.

Eso tenía de comunicar, pero la audiencia comenzó mal y terminó no tan mal.

Los hechos

Esta es una somera cronología de lo visto el martes 3 en el teatro municipal:

Una dirigenta de una organización comunitaria comenzó a gritar a voz en cuello su desacuerdo. Desde los asientos delanteros -pro alcalde- no tardaron los abucheos y desde los restantes, los contraabucheos. El jefe comunal advirtió que si la manifestante no se controlaba la haría desalojar. Y continuó con su exposición.

Uno de los concejales y ex alcalde -Pablo Vergara- bajó del estrado y se ubicó entre el público opositor, exigiendo a viva voz que éste hablara. Se le acercó un sujeto joven y el concejal gritó que le estaban amenazando con un cuchillo. El muchacho trató de agredirle, pero lo contuvieron.

El expositor replicó que la ley disponía un par de meses de plazo para informarse mejor sobre el plan y hacer sugerencias individuales, aunque su remate no fue feliz: “Un vecino puede incluso pedir edificios más altos”. Más adelante recordó su alta votación y que los ciudadanos son libres de elegir a quienes deseen.

Azuzados los ánimos, llegó el momento de las preguntas orales.

La incontrolable vecina recibió el micrófono, pero, pese a que terminó gritando, su discurso fue ininteligible debido a los abucheos del público sabatista.

Otra asistente preguntó al alcalde si era cierto que era propietario de una empresa inmobiliaria, a lo que éste respondió afirmativamente (gran exclamación de asombro), pero se apresuró a aclarar que nunca había construido ni proyectaba hacerlo.

En un ambiente menos alborotado, las intervenciones fueron llegando al fondo del asunto: que estaban defendiendo sus derechos, que deseaban ser escuchados y participar directamente en el proceso, que la democracia no es sólo elecciones sino también cotidiana participación ciudadana. En concreto, que rechazaban la destrucción del patrimonio propio, vecinal y cultural, exigían los correspondientes estudios de impacto ambiental, vial y demográfico, y pedían una nueva propuesta, previo plebiscito comunal, si fuera necesario.

El interpelado no se pronunció sobre el fondo, insistiendo en que todo se cumpliría estrictamente según la ley. Y cuando otro vecino le recordó, indignado, que “la dictadura se acabó”… declaró levantada la sesión. Aunque accedió a seguir escuchando.

No le fue mejor. Una vecina se quejó de que el periódico comunal acogía sólo opiniones favorables a él y otra hizo explotar de ira a un concejal
–Gerardo Monckeberg-: acusó a los políticos de ser “coimeros”
(corruptos).

La otra cara

Pero el problema ya se había decantado. El alcalde había obtenido la aprobación del concejo municipal para su propuesta de modificar el plan regulador comunal y lo había informado públicamente, esperando haber mantenido en equilibrio las necesidades de los residentes con las de la administración municipal.

En la otra cara de la moneda, sin embargo, aparecen más dudas: ¿Serán capaces los manifestantes de impedir, retardar o modificar lo anunciado? ¿Fue la concurrencia a la sesión edilicia –cerca de un millar de personas- fidedigna representante de los más de 160 mil ñuñoínos? ¿Qué opinan los cincuenta mil nuevos habitantes que, según los opositores al plan, tiene ya la comuna producto de éste?

En la reunión, además, predominaban los mayores de cuarenta años… ¿Y los jóvenes? A la salida, sólo un puñado blandía carteles y consignas de rechazo… ¿Y los demás? ¿Cuántos se han comprometido realmente con el movimiento?

La protesta social en Chile es aún tímida e irregular. Las recientes paralizaciones de los gremios más grandes han afectado la actividad normal del país, pero una distorsión timorata del concepto considera ese tipo de movilizaciones, en vez de un legítimo reclamo ciudadano, como un grave atentado contra la nación, los connacionales y sus bienes -como se hace ver a través de los principales medios de comunicación- o bien, como una actitud ajena al sentido común, lo que flota en el aire.

Aunque han pasado más de treinta años, la imagen del caos político y económico y la violencia callejera durante el gobierno de Allende (1970-1973) no se ha borrado de la mente de los más viejos ni han podido esquivarla los más jóvenes. A pesar de sus diatribas en voz baja contra los políticos en el poder, la ciudadanía chilena ha preferido mayoritariamente reelegirlos en forma periódica a buscar otros que impliquen un cambio sustancial.

Se supone que una audiencia pública, a pesar de los inevitables exabruptos cuando el tema es polémico, es una inmejorable oportunidad para ejercer la democracia, no en su expresión formalista –elecciones, debates en el Parlamento- sino en la más auténtica: en la base, la comuna, el barrio. Pero lo que se vio el martes fueron algunas autoridades autoritarias (creo que se permite la redundancia), exasperadas y provocadoras, y ciudadanos cuya asertividad y contundencia se echa de menos más allá de emergencias puntuales y que, a la hora de la verdad, suelen quedar en minoría.

Link to ANDRÓMEDA 

Publicado 6 octubre, 2006 por Anna en POLÍTICA CONTINGENTE

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