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V

AUGSTO ROA BASTOS

El inmortal hermano Pablo
                                                              Augusto Roa Bastos

En este centenario del nacimiento de un gran poeta, es grato encontrar a nuevos y viejos amigos, aquellos que están presentes en su cuerpo y a los otros, los que ya atravesaron el río de la muerte, pero siguen hablándonos desde la eternidad con esa voz capaz de transgredir el ámbito sagrado, como la voz de nuestro querido hermano y amigo, Pablo Neruda.

Creo que en buena medida, todos los autores que seguíamos de cerca los pasos del poeta, hemos sido transformados en lo más hondo, en la raíz de la indigencia del lenguaje que aprendimos de nuestros padres y que Neruda vino a revelárnoslo como un tesoro bruñido que resplandecía del desgaste de la usura de los siglos.

Evocar la figura gigantesca de Pablo Neruda es una forma de hacer presente el dolor americano en toda su dimensión; desde la óptica universal de la historia hasta los detalles más contingentes de la belleza y el poder. En el verdor de su vegetación o en el cristalino de sus ríos.

Nos conocimos, si no recuerdo mal, en Buenos Aires que por entonces, en mi destierro, era mi tierra.

Pablo venía de Chile cargando las fragancias impetuosas de su mar, irrumpía y era imposible dejar de advertir su presencia magnética. Viniera de Méjico o Europa, Pablo siempre estaba viniendo de Chile. Allá se mantenía enraizado, sorbiendo lentamente los dolores y la lujosa geografía de su país recostado entre los Andes y el Océano.

No sé por qué, desde que nos conocimos me sintió su hermano. Yo ya lo era antes de conocerlo, ya me había hermanado con esa leyenda viva a través de la voz poderosa de versos que nunca nos habríamos atrevido a pronunciar antes: “Antes de la peluca y la casaca / fueron los ríos, ríos arteriales: / fueron las cordilleras, en cuya onda raída / el cóndor o la nieve parecían inmóviles”. Porque Pablo Neruda inventó un lenguaje nuevo con las palabras olvidadas, las resucitó de un letargo más largo que cualquier olvido, les infundió un fuego nuevo, volcánico y al mismo tiempo translúcido como el océano que lo vio crecer.

Si se dice que Rubén Darío devolvió un nuevo idioma a la España de principios del siglo ya pasado, Pablo Neruda devolvió la palabra a Latinoamérica. La voz afónica de estas tierras esperaban el bautismo y la revelación como quien espera un sacramento. Pablo Neruda fue el ministro y patriarca. Su voz poderosamente americana empezó a retumbar en todos los confines del mundo.

Mis recuerdos vagan ahora por una habitación de pintura ocre, descascarada y con olor a lavanda de un viejo bar de Buenos Aires donde nos conjurábamos envueltos en la alegría y el vitalismo de nuestro hermano Pablo. Y digo hermano en el sentido más íntegro, más allá del sesgo religioso que se otorga habitualmente a esa palabra, que se limita a un rebaño humano con el ansia suprema de cambiar el mundo. Nosotros, al revés, esperábamos que la fuerza del mundo nos cambiara a nosotros, que los sonidos del mar de Pablo y las resonancias de nuestras tierras llamaran a lo más profundo del hombre y nos cediera alguna cuota de la pureza original.

Si antes había aparecido Crepusculario, después los celebrados 20 poemas de amor y España en el corazón, la obra más inquietante, la nueva forma de las viejas palabras, el testimonio del sobreviviente de la hondura viene con el Canto General nacido en México el 3 de abril de 1950 con el padrinazgo de Diego Rivera y Siqueiros. Quiero detenerme en el Canto General que es para mí, la Biblia Latinoamericana. Las 15 secciones del libro gestan el drama de la epopeya de nuestros pueblos, desde el inicial “Amor América” a “La Muerte” donde reposadamente la voz que sublevó toda la obra, nos dice despidiéndose:

Y ahora voy a morir, sin nada más, con tierra
Sobre mi cuerpo, destinado a ser tierra
No compré la parcela de cielo que vendían,
Ni acepté tinieblas,
Quiero estar en la muerte con los pobres
Que no tuvieron tiempo de estudiarla…

Todo el libro tiene una límpida trayectoria como la del arco que busca la flecha; que no se resigna a ser disparada sin retornar a su punto de origen. Este suntuoso Canto general es Pentateuco; narra el génesis de América con versos tan transparentes que parecen haber salido hace instantes de la mano creadora:

Y el dios de los altares impregnados
devolvía las flores y las vidas.
En la fertilidad crecía el tiempo…

Como una lanza terminada en fuego
Apareció el maíz y su estatua
Se desgranó y nació de nuevo
Bajo un fresco pueblo de estrellas…

Te caen ríos –dice del Amazonas- como aves, te cubren
Los pistilos color de incendio
Lento como un camino de planeta…

Madre de los metales, te quemaron,
Te mordieron, te martirizaron,
Cuando los ídolos
Ya no pudieron defenderte…

Eras pura noción de piedra,
Rosa educada por la sal,
Maligna lágrima enterrada…

Mirad ahora el gran Sur solitario.
No se ve humo en la altura.
Todo es silencio de agua y viento.

En un viaje de regreso pasó por Perú y tuvo que escalar casi paso por paso las Alturas de Macchu Picchu. En una carta que por desgracia perdí, como tantas cosas valiosas en mi vida, me contaba la emoción que había sentido allá en lo alto, en el trono de lo cóndores, donde resucitó la gloria Inca. La primera condición de la poesía es el asombro. La belleza agobiante de la ciudad de piedra le hace escribir quizás los versos más deslumbrantes de la obra; donde la descripción se transfigura en símbolos de lo más abarcador que pueda significar el pasado de la castigada América. Pero ni la arquitectura, ni la vegetación, ni la multiplicación de los animales le hace olvidar la pregunta que está ardiendo en el centro, como el magma de un volcán:

¿Qué era el hombre? ¿En qué parte de su conversación abierta
entre los almacenes y los silbidos, en cuál de sus
movimientos metálicos
vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?

Sube a nacer conmigo, hermano.

Creo, con la probidad que le dan los años a la fe, que este Canto General es una obra fundamental para acompañar el aprendizaje doloroso de lo que es nuestra América. Mucho más que los densos manuales de historias, que las meticulosas descripciones hidrográficas, que los detalles de la geología o la sistemática de la botánica, este Canto General enseña, en el profundo sentido de ese complejo proceso que significa conocer al otro o a los otros. Con Alejandro Maciel estamos intentando edificar una colección que se llamará “Biblioteca de Roa Bastos para todos”, desde un primer momento, sin haberlo discutido antes, ambos pusimos el Canto General como una de los 40 títulos que integrarán la colección. El Canto General es imprescindible. Hay que volver una y otra vez a sus

páginas. Hay que leerlas con la devoción con que nos la entregó nuestro querido Pablo Neruda, para no olvidar jamás ya que nuestro tiempo es tan efímero, lo que nos advirtió:

Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos
Los silenciosos labios derramados
Y desde el fondo habladme toda esta larga noche
Como si yo estuviera con vosotros anclado,
Contadme todo, cadena a cadena,
Eslabón a eslabón y paso a paso,
Afilad los cuchillos que guardasteis,
Ponedlos en mi pecho y en mi mano,
(…)
Edades ciegas, siglos estelares…

Y la poesía fue profecía, señores y señoras. ¡Cuánto no tuvimos que aprender después, en los años que siguieron a este 1950! ¡Cuántas veces tuvimos que aprender el silencio, los destierros, la muerte de los que no pensaban como el poder, las persecuciones, las censuras, el atropello a la dignidad humana, las humillaciones más atroces.
Pero siempre, en los momentos más aciagos, estaba el Canto General diciéndonos:
Hablad por mis palabras y mi sangre

   PEDRO SHIMOSE

Pablo Neruda y el mar 
                                                                     Pedro Shimose

Gabriela Mistral publicó, en 1936, un ensayo titulado “Pablo Neruda” (Crítica, Santiago de Chile). En él, celebraba la aparición de los volúmenes primero y segundo de Residencia en la tierra, publicados por José Bergamín (Madrid, Ed. Cruz y Raya, 1935).

La poeta de Desolación dice cosas importantes y esboza las características esenciales de la poesía de Neruda. Habla, por ejemplo, de “esa ráfaga marina, asalmuerada con que Pablo Neruda limpia su atmósfera propia” y también de “unos espíritus angélicos de la profundidad, como quien dice, unos ángeles de caverna o de fondo marino, porque los planos de frecuentación de Neruda parecen ser más subterráneos que atmosféricos, a pesar de la pasión oceánica del poeta”.

Estas líneas de homenaje insisten en “la pasión oceánica del poeta”, porque Neruda es un poeta cuya sintaxis esté marcada por el “resuello largo” del mar, “todo de furias y olas y mareas vencidas” y barcos, anclas puertos, naufragios, algas, crustáceos, albatros, caracolas, cetáceos y lentas medusas que flotan por la densa y prolífica imaginería del poeta.

Por arte de mar y amor, Neruda se ve a sí mismo, desde sus inicios, “de pie como un marino en la proa de un barco”, rumbo al Canto General, los combates políticos, las Residencias, las Odas elementales, las Navegaciones y regresos, los Cantos ceremoniales y el Memorial de Isla Negra.

A través de las brumas de su Casa en la arena, dialoga con un mar que “se cuela de noche por agujeros de cerraduras, por debajo y por encima de puertas y ventanas” y entra en la casa “a saber qué tengo y cuánto tengo”, tan “grande, desordenado y azul” que no cabe en ninguna parte. “Por eso lo dejaron frente a mi ventana”, dice, mientras el mar se posa como un cachalote que abre por primera vez sus infinitos ojos, después de beberse “la sal de siete leguas, la sal de siete mares”, toda la espuma que “le canta y estalla, le cuenta y se desploma, le llama y ya se fue”.

Neruda vivió “entre el camarada mar y los pueblos / como un centinela secreto”, pero un día se dejó olvidado el mar en una estación de trenes y retornó a su casa “a contar las campanas que viven en el mar, / que susurran en el mar, / dentro del mar”.
Ningún boliviano pudo haber escrito “La barcarola”, “El mar y las campanas” o “Maremoto”. Incluso los poemas de amor de Neruda – “La canción desesperada”, por ejemplo – son poemas de inspiración marina donde los viajes, la libertad, el deseo y la aventura se funden en celebraciones

exultantes. En nosotros, bolivianos, el mar es duro, pétreo, como un alegato y un recuerdo lacerante. Franz Tamayo, Oscar Cerruto, Yolanda Bedregal, Primo Castrillo, Alcira Cardona Torrico, Antonio Terán Cavero y Roberto Echazú Navajas, entre otros, repiten una ausencia.

En Neruda, en cambio, el mar es una presencia viva con sus olas azules, “sus fatigas entre acantilados y bahías”, “sus inmensos vientos verdes”, “la sal y el movimiento… golpea el cobre…entre alcatraces, rocas de frío sol y estiércol”.

En Memorial de Isla Negra, Neruda descubre el mar de sus orígenes. “Salí –dice- de las raíces, / se me agrandó la patria, / se rompió la unidad de la madera: / la cárcel de los bosques / abrió una puerta verde / por donde entró la ola con su trueno / y se extendió mi vida / con un golpe de mar, en el espacio” y, más adelante, añade: “Necesito del mar porque me enseña: / no sé si aprendo música o conciencia, / no sé si es ola sola o ser profundo / o sola ronca voz o deslumbrante / suposición de peces y navíos. El hecho es que hasta cuando estoy dormido / de algún modo magnético circulo / en la universidad del oleaje”.

¿Universidad o universalidad? De todos modos, el poeta testifica que por el mar entra el mundo y por él se entra en el mundo.

Sin el mar, sin la vivencia de la luz marina, sin la experiencia del rumor del oleaje sobre las playas dormidas, la poesía de Neruda no sería lo que es: cadencia y poderío de lenguaje y convicciones unidos al destino universal de los seres humanos, expresión de un sueño colectivo que va y viene como las mareas, como los amores.

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Publicado 9 septiembre, 2006 por Anna en Sin categoría

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