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ERNESTO SÁBATO

Un ceremonial de coraje y hermandad entre los hombres

                        Ernesto Sábato

 

Pablo Neruda es de los máximos poetas hispanoamericanos de todos los tiempos. Su obra nos revela un universo trascendente, en el que prevalece la exaltación amorosa y la comunión entrañable con el hombre y la naturaleza. Una comunión que, ya en su ‘Crepusculario’, se anunciaba como una realidad inefable en medio de un ámbito nocturno y desolado. Estos versos de adolescencia contienen el vigor, el conmovedor lirismo y la gravedad existencial de toda su obra posterior. En ellos, además, es posible apreciar el paisaje que magnetizó su infancia e imprimió los colores y las formas de su caudaloso imaginario. Los cerros aromáticos, los vientos huracanados, la tierra oscura y mineral, los valles y montañas en los que va descifrando la dimensión mitológica de sus fieras y sus aves. Y la lluvia, aquella inolvidable presencia de su infancia; la fría lluvia del sur de América. ‘En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia.’ De ese vínculo íntimo y privilegiado con los elementos más nobles, va configurándose su visión panteísta de la Naturaleza. Una verdadera experiencia religiosa que se anticipa la desgarradora polaridad que regirá su obra: el desesperado deseo por unirse a un otro absoluto, cuya presencia adquirirá la figura de la amada ausente, el cosmos, el camarada de lucha; y

una realidad que logra interponerse dura, inconmoviblemente. Sólo un poeta de su magnitud podía realizar una obra de semejante envergadura.

Desde las formas clásicas a la experimentación vanguardista, desde el surrealismo al romanticismo más embriagador, en su poética resuenan las numerosas estéticas a las que Neruda ha ido adhiriendo sucesivamente, y que hubo de abandonar cada vez que éstas representaban un límite a su espíritu libre e innovador. Ejemplo paradigmático es el arrebato lírico de sus Veinte poemas de amor, cuyo tratamiento de la pasión es tan disímil al clasicismo de sus Cien sonetos. Como varía, también, la serenidad contenida de sus Odas elementales con el juicio apocalíptico de Fin de mundo, o el tono visionario, la amargura y la desesperación que atraviesa los tres ciclos de su Residencia en la tierra. Pluralidad de estilos que confirma, a su vez, la dimensión de un poeta que antepuso la Verdad sobre las arbitrariedades retóricas y académicas. Porque a los verdaderos artistas no les preocupa la pura belleza. Ante todo buscan la Verdad. Y la belleza resulta luego como resplandor de ésta.

Por eso siempre he considerado que la importancia de una obra está en relación directa con la cantidad de Universo que trastorna. Por lo que resulta absurdo valorar el arte de modo intrínseco, independientemente de los valores no sólo estéticos,

sino también éticos y metafísicos. ¿Qué

sentido tendría apreciar a Dostoievsky por puras consideraciones de forma o por estrictas referencias a movimientos literarios? De ese modo se acabaría traicionando la noble misión que debe cumplir la poesía, y el arte en general. En este sentido debemos meditar aquellas palabras de Neruda:

“Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría (…) en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo. En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias para la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza”.

Algo fundamental distingue a Neruda de aquellos que pretenden imitar su potencia expresiva, su tremendo vigor verbal. es que sus audacias formales son algo más que formales. Están determinadas por un contenido que hace estallar las normas métricas a cada costado del verso. Si su poesía nos trastorna, nos desasosiega, si consigue inquietarnos, se debe a que detrás de sus odas, sonetos y elegías, bajo la tinta, marcando sintomáticamente el pulso de su caligrafía, late la urgencia de la sangre y del espíritu, la verdadera y trágica dimensión del hombre.

De los innumerables poemas que dan cuenta de esto, me siento llevado a detenerme en una obra que considero una cumbre en el devenir de su poética. Me refiero a su Canto General. Aquellos centenares de versos comenzaron a escribirse en su patria, bajo la persecución y la clandestinidad, y finalmente vieron la luz mientras el poeta se encontraba sufriendo uno de sus reiterados y dolorosos exilios.

Impulsado por el deseo de escribir sobre la aciaga situación de su tierra, acaba por realizar esta obra que pone de manifiesto el espanto y la tragedia de todo un continente que lleva siglos luchando por subsistir. Este vasto territorio que él veía unido a través de enigmáticas y antiquísimas raíces, colmado de riquezas minerales, de una geografía desbordante, de plantas y animales que casi nadie había logrado describir. Una tierra ennoblecidaon la sabiduría de sus culturas indígenas, regada con la sangre de héroes y libertadores que, desde los tiempos de la conquista, venían luchando por aquella conmovedora utopía de la Patria Grande.

Más que una metáfora, las poderosísimas imágenes de este Canto, y de un modo especial los versos que integran Alturas de Macchu Picchu, parecieran constituir una verdadera cosmogonía de América Latina.

Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?

Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?

Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?

El poeta desanda el largo y devastador proceso que malogró dramáticamente nuestro destino. Con el ánimo y la solemnidad de un relato mítico, su voz habla por aquellos que fueron silenciados a base de persecuciones, torturas, hambres e injusticias. Y al hacerlo, no sólo rememora esta desventurada epopeya, sino, y fundamentalmente, renueva aquella fe demencial que nos impulsa a la libertad, “a pesar de los puñales”.

Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.

A través de la tierra juntad todos

los silenciosos labios derramados

y desde el fondo habladme toda esta larga noche,

como si yo estuviera con vosotros anclado,

contadme todo, cadena a cadena,

eslabón a eslabón, y paso a paso,

afilad los cuchillos que guardasteis,

ponedlos en mi pecho y en mi mano,

como un río de rayos amarillos,

como un río de tigres enterrados,

y dejadme llorar, horas, días, años,

edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.

Apegadme los cuerpos como imanes.

Acudid a mis venas y a mi boca.

Hablad por mis palabras y mi sangre.

Desde la Guerra Civil española, hasta los remotos países donde cumplió sus labores consulares, pueden hallarse testimonios que hablan de la magnitud de su valor, de su

compromiso político, de sus gestos solidarios por reconciliar el trágico antagonismo entre la existencia y la historia.

Ya en sus años finales, en uno de nuestros últimos encuentros, recuerdo la impresión que sentí ante a la mirada de Neruda. Serena y atormentada, aquella mirada pertenecía a un hombre que sin duda había sido un testigo privilegiado. Un protagonista inclaudicable de las múltiples encrucijadas históricas.

El centenario de Pablo Neruda demuestra la vigencia de una vida y una obra que, junto a sus altos atributos, constituye un ceremonial del coraje y la hermandad entre los hombres.

 

 

MARIO BENEDETTI

Neruda es la palabra

 

La poesía de Neruda, es antes que nada, palabra. Pocas obras se han escrito, o se escribirán, en nuestra lengua, con un lujo verbal tan asombroso como las dos primeras Residencias o como algunos pasajes del Canto General.

Nadie como Neruda para lograr un insólito centelleo poético mediante el simple acoplamiento de un sustantivo y un adjetivo que antes jamás habían sido aproximados.

Claro que en la obra de Neruda hay también sensibilidad, actitudes, compromiso, emoción, pero (aún cuando el poeta no siempre lo quiere así) todo parece estar al noble servicio de su verbo. La sensibilidad humana, pasa en su poesía casi inadvertida ante la más angosta sensibilidad del lenguaje; las actitudes y compromisos políticos, por detonantes que parezcan, ceden en importancia frente a la palabra, frente a cada uno de sus encuentros y desencuentros. Y así con la emoción y con el resto.

A esta altura, no sé que es más creador en los divulgadísimos Veinte poemas de amor y una canción desesperada: si las distintas estancias de amor que le sirven de contexto o la formidable capacidad para hallar un original lenguaje destinad a cantar ese amor.

Semejante poder verbal puede llegar a ser tan hipnotizante para cualquier poeta, lector de Neruda, que si bien, como todo paradigma, lo empuja a la imitación, por otra parte, dado el carácter del deslumbramiento, lo constriñe a una zona tan específica que hace casi imposible el renacimiento de la originalidad. El modo metaforizador de Neruda tiene tanto poder, que a través de incontables acólitos o seguidores o epígonos, reaparece como unos genes imborrable, inextinguible.

 

 

ERNESTO CARDENAL

Recordación de Pablo Neruda

 

Rafael Alberti cuenta la gran impresión que sintió cuando a los 15 años leyó por primera vez a Darío. Yo también sentí lo mismo a esa edad cuando leí por primera vez a Alberti, Lorca y Neruda. Es una experiencia inolvidable la que se tiene cuando se descubre por primera vez una poesía, se encuentra uno un lenguaje distinto al que no estaba acostumbrado. “Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde” ahora no sorprende a nadie, y es porque nuestro lenguaje todo ha cambiado cuando ocurrió el cambio de una nueva poesía. Pero en aquel entonces el que la tarde del mar atracara en un muelle era algo insólito, y fascinante para nosotros. Algo que no se había dicho antes, y que para la mayoría de la gente era incomprensible.

En México, mi maestro Rafael Heliodor Valle me contaba que en su juventud los viejos no comprendían la poesía de Darío cuando hablaba del Versalles otoñal con “un vulgo errante, municipal y espeso”; o decía que el ala del cisne era “eucarística y leve”.

También cuando Neruda dice “tus dedos suaves como las uvas” podrá parecer ahora una comparación de sentido común. Pero aunque siempre ha habido uvas, eso no lo había dicho nadie, me parece a mí, desde que el mundo es mundo.

Esa fue la novedad para mí de la poesía de Neruda, y el deslumbramiento que sentí cuando la descubrí por primera vez en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, y poco después en Residencia en la tierra; una experiencia que en mi vida no se volvería a repetir. Mi poesía juvenil quedó avasallada por la poesía de Neruda, y él para mí fue un ídolo literario. Al igual que muchos otros de mi tiempo en América y España sufrí su influencia, y fue para mí una proeza librarme de ella.

Mi primera salida de la provincia fue mi ida a México a los 18 años en un largo viaje por tierra. Una de mis ilusiones era que allí conocería a Neruda que estaba como Cónsul General de Chile, pero al llegar a Veracruz leí la noticia de que se acababa de marchar y cien escritores le habían dado un banquete de despedida.

No coincidí con Neruda en México, y no coincidí con él después en ninguna otra parte porque todo el tiempo habitamos geografías diferentes.

Años después, estando yo ya de vuelta en Nicaragua, conocimos Canto General, su gran épica americana, en la que había logrado una poesía más concreta, más clara y más llana. Y otra novedad que había en ella fue la de la poesía política. En Nicaragua nos agradó mucho que el Somoza que nosotros combatíamos fuera combatido por Neruda, y que exaltara a Sandino, nuestro gran héroe nacional prohibido en aquel entonces.

Por esos días yo comenzaba a escribir mis epigramas políticos, que naturalmente no se podían publicar en Nicaragua, y los envié a algunos lugares de América Latina, firmados “Anónimo Nicaragüense”. Y Pablo Neruda los publicó así firmados en la Gaceta de Chile, que él dirigía, sin saber quién era el autor. Es posible que lo haya sabido después cuando yo era más conocido. Fue hasta hace poco, en un reciente viaje a Chile, que el poeta César Soto me mostró en su librería de viejo los números de la Gaceta de Chile en los que me publicó Neruda.

Nunca coincidí con Neruda porque durante esos años que viví en Nicaragua no tenía dinero para viajar a ningún país, ni siquiera a Costa Rica. Y para Neruda que viajaba mucho, estaba vedada Nicaragua bajo el tenebroso régimen somocista. Después ingresé a un monasterio trapense; más tarde estuve encerrado en un seminario en Colombia; posteriormente estuve muchos años aislado en mi isla de Solentiname. Una de las pocas veces que interrumpí ese aislamiento fue para visitar la revolución cubana, y la revolución de Chile con Salvador Allende. El día que me recibió Allende en el Palacio de La Moneda estaba rodeado de periodistas que lo llegaban a entrevistar porque se acababa de saber la noticia del Premio Nobel de Neruda, entonces embajador en París. Me llevaron en esos días a ver su casa de Isla Negra, que se encontraba cerrada; y le dejé una nota de felicitación en una tiendita al lado donde se encargaban de cuidar su casa.

No mucho tiempo después fue que en mi comunidad de Solentiname oímos en Radio Habana, que era la única radio que oíamos, las noticias aterradoras del bombardeo de La Moneda, y de todo lo que siguió después.

Por mucho tiempo Chile también estuvo vedado para mí. Hasta que ocurrió la resurrección de Chile, y se me abrieron las puertas de Isla Negra atiborrada de mascarones de proa y barcos en botellas y caracolas y miles de cosas más de todas las tierras y los mares del mundo, y tuve después un recital multitudinario en Isla Negra con poetas de Chile y otros países; y me tocó también leer mi poesía desde el balcón de Allende en La Moneda, mientras el público que colmaba la plaza era bombardeado con versos desde el aire. Los participantes de aquel evento internacional que se llamó Chile-Poesía celebramos así la libertad de Chile, y rendimos un justo homenaje a Salvador Allende y junto con él al máximo cantor de Chile, Pablo Neruda.

Para mí la mayor hazaña de Neruda fue el haber hecho una poesía como se habla. El decir lo que en poesía no se había dicho antes, como por ejemplo:

He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,

a almorzar en los restaurantes comida fría

Es el logro de hacer una poesía con el lenguaje real, de la vida ordinaria, de lo cotidiano. Llamar a esta poesía “prosaísmo” es tan disparatado como llamar así a la de Homero. Es pura poesía y no prosa, aunque escrita con la naturalidad de la prosa, mejor dicho, del lenguaje hablado. Como cuando escribe:

Quiero ir

detrás de la madera por el río

Toltén fragante, quiero salir de los aserraderos,

entrar en las cantinas con los pies empapados.

Pero yo considero que el más importante valor literario de Neruda es su amor al pueblo. Su mayor inspiración, sobre todo en las últimas etapas de su poesía, fue lo que él llamó “la rosa colectiva”. Su compromiso político fue el que lo llevó a escribir la clase de poesía que escribió. Él mismo dice en un poema que canta tan sencillo porque canta para todos. También dice que escribe “por la fraternidad hacia el que no conozco”. En otro poema dice que cumple con su canto. Y en otro:

Porque parece que alguien

necesita mi canto

Palabras favoritas suyas son “el pobre” y “los pobres”. “Poeta hijo de pobres” se llamó a sí mismo. Es cierto que amaba la buena vida, pero también, y por lo mismo, la quería para los pobres y para todos. Esta fue la clave de su militancia en el partido. Y también yo diría que la clave de su poesía. Y al fin y al cabo, de su vida y de su muerte. Su muerte fue en protesta. Y con ella se identificó con todas las víctimas de aquel otro 11 de septiembre. Pero sigue vivo entre nosotros, porque como dijo en un verso:  no termino con mi mismo

Publicado 9 septiembre, 2006 por Anna en LITERATURA

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