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MARIO VARGAS LLOSA

Poeta primero de mi memoria
                             Mario Vargas Llosa


Con mucho gusto les envío estas líneas para el Libro del Centenario de uno de los poetas que me ha marcado más como lector. Acaso sea el poeta primero que guardo en mi memoria. Cuando yo era un niño de pantalón corto todavía, allá en Cochabamba, Bolivia, donde pasé mis primeros diez años de vida, mi madre tenía en su velador una edición de tapas azules de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda que leía y releía con devoción. Yo apenas había aprendido a leer y, seducido por el amor que mi madre tenía a aquellas páginas, intenté también leerlas. Pero ella me lo prohibió, explicándome que no eran poemas al alcance de los niños. La prohibición enriqueció extraordinariamente el atractivo de aquellas páginas. Las leía a escondidas, sin entender todo lo que decían, y presintiendo que detrás de algunos de sus misteriosos versos (“Mi cuerpo de labriego salvaje te socava / y hace saltar al hijo del fondo de la tierra”) se ocultaba un mundo que tenía que ver con el pecado.
Neruda fue el primer poeta cuyos versos aprendí de memoria, el poeta cuyos versos recitaba a mis enamoradas, y el poeta épico y revolucionario que acompañó mis años universitarios, mis tomas de conciencia política, mi iniciación clandestina en la organización “Cahuide” durante los años siniestros de la dictadura de Odría. Más tarde, cuando era ya un joven de lecturas más exclusivas y muy crítico de la poesía de propaganda y ataque, Neruda siguió siendo para mí un autor de cabecera, pero no ya el Neruda del Canto General, sino el de Residencia en la tierra, un libro que he leído y releído tantas veces como sólo lo he hecho con los poemas de Góngora, de Baudelaire y de Rubén Darío.
Conocí en persona a Pablo Neruda en París, en los años 60, en casa de Jorge Edwards, y todavía recuerdo que la emoción de estar frente al hombre de carne y hueso que había escrito aquella poesía memorable, que era como un océano de mares diversos e infinitas especies animales y vegetales, una poesía de insondable profundidad y riqueza, me cortó el habla. Llegamos a ser bastante amigos y cada vez que estuve con él, en Francia, en Inglaterra, en Chile, el personaje me intrigaba y fascinaba casi tanto como su vasta poesía. Posaba de ser un anti-intelectual, desdeñoso de las teorías y de las complicadas interpretaciones de los críticos. Se empeñaba en mostrarse sencillo, directo, terrenal a más no poder y empeñosamente reñido con esos escritores librescos, que preferían las ideas abstractas a la vida corriente. Pero era sólo una pose, porque nadie que no hubiera leído mucho y muy bien, y reflexionado intensamente, hubiera revolucionado la palabra poética en lengua española como él lo hizo, ni hubiera escrito una poseía tan diversa y universal como la suya. No hay en lengua española una obra poética tan

exuberante y multitudinaria como la de él, una poseía que haya tocado tantos mundos diferentes e irrigado vocaciones y talentos tan varios y contradictorios. El único caso comparable que yo conozco en otras lenguas es el de Víctor Hugo. Como la del gran romántico francés, la inmensa obra que Neruda escribió es desigual, y en ella al mismo tiempo que una poesía intensa y sorprendente, de originalidad extraordinaria, hay una poesía fácil y convencional, y a veces de mera circunstancia. Pero no hay duda que su obra perdurará y seguirá hechizando y estimulando a los lectores de las generaciones futuras como lo hizo con la nuestra.

En los últimos años de su vida Neruda había aprobado algo las convicciones ideológicas inamovibles de su juventud y madurez. Aunque fue un hombre leal a su partido, y que por esa lealtad llegó en ciertos períodos a cantar a Stalin y a defender posiciones dogmáticas, no hay duda que en su vejez un espíritu crítico se fue abriendo en él respecto a lo que había ocurrido en la sociedad comunista, y ello se transparenta en una actitud mucho más tolerante y abierta y en una poesía liberada de toda pugnacidad, beligerancia o rencor, y llena más bien de serenidad, alegría y comprensión por las cosas y los seres de este mundo.

Había en él algo de niño caprichoso y juguetón, con sus manías coleccionistas y sus apetitos materiales, que exhibía ante el mundo sin la menor hipocresía, con la buena salud y el entusiasmo de un adolescente travieso. Era un amigo leal y generoso, que volcaba su afecto a manos llenas a quienes lo rodeaban y a los jóvenes que se llegaban hasta él llenos de timidez y admiración. Detrás de su apariencia bonachona y materialista, se agazapaba un astuto observador de la realidad literaria y política y en ciertas ocasiones, en grupos muy reducidos, luego de una buena comida rociada de excelentes vinos, podía de pronto mostrar una intimidad desgarrada. Aparecía entonces, detrás de esa figura olímpica, pública, consagrada en todas las lenguas, traducida y leída en todos los países, el muchachito humilde y provinciano, lleno de ilusiones y de estupefacción ante las maravillas del mundo, que nunca dejó de ser.

 

 

VOLODIA TEITELBOIM

Neruda centenario: todoterreno, multius  
                                         Volodia Teitelboim

Un siglo después del nacimiento del poeta, multitud de automóviles se estacionan cada día en Isla Negra como si fueran a una casa encantada. Las casas de Neruda están convertidas en una suerte de santuario. Oficialmente son museos visitados por miles de personas al año. Aunque en menor escala, el fenómeno se repite con sus otras dos residencias, La Chascona, de Santiago, y La Sebastiana, en Valparaíso.
Mercurio, el dios de los comerciantes, lo ha incorporado sin tapujos a sus registros contables. El poeta pasa a formar parte de la guía turística y de la industria cultural, con todas las ventajas y peligros del marketing. La película Il postino lo confirma como personaje cinematográfico. Durante la Cumbre de los Presidentes de América, en el banquete oficial de La Moneda, el menú impreso con letras doradas anunció el plato de fondo: "Oda al Caldillo de Congrio de Pablo Neruda". Algunos ases de la postmodernidad fabrican con su imagen amuletos para exorcizar el mal de amor. Cobran su precio: intentan convertirlo en un poeta políticamente asexuado. Otros afirman sin vacilar que si Neruda viviera se incorporaría al modelo reinante como un bardo neoliberal. Menudea el intento de parcelación. Para alguno solo es válido el poeta precursor de la revolución sexual. No faltan los que festejan al juglar pájaro, al lírico ecológico. Los más vividores o consumistas celebran al gourmet o al cosista incorregible. Cada cual elige su Neruda. Dime cuál prefieres y te diré quien eres.
Fue todo eso. Y algo más. Mucho más. El que quiera saberlo acuda a su vida y a su obra. Porque es desvergozadamente autobiográfica. En sus páginas prolíficas estampó sus señas de identidad, el quién soy. Traza de sí un autorretrato irónico. En realidad tuvo una inteligencia sin alardes y gozó con la poesía, haciéndole el amor durante cincuenta y cinco años. No ocultó su vocación civil. Fue y es poeta de su pueblo, de nuestra América ("sube a nacer conmigo, hermano"), de la humanidad violentada, como lo dijo la Academia Sueca cuando le otorgó el Premio Nobel. Expresó sus sueños, dolores, visiones, anhelos, convicciones, esperanzas con una abundancia a veces reiterativa. Varios le reprochan que pecara por exceso. Cada lector puede hacer su propia cuantificación e indicar sus poemas favoritos, elección siempre personal.
Queda claro que fue un poeta todoterreno y multiuso. Se enorgullecía de que su poesía tuviera efectos prácticos. Sus obras sirven en efecto para animar nacimientos, fiestas nupciales y dar cierta profundidad a los discursos funerarios. Proporcionan material para

defender el bosque nativo, la naturaleza saqueada y los cielos polucionados. Ofrece también versos elocuentes para execrar al tirano y entonar los himnos de la calle.
Corre el albur de ser mitificado y también mistificado, de convertirse en una estatua instalada en la plaza del mercado. Con todo, este hombre tan cotidiano y "común de rostro" es ya una leyenda. Controlaba el ego; pero no era la humilde violeta. Tenía sus pretensiones. Soñaba con entrar al Tercer Milenio. Al parecer lo ha logrado. El corredor de fondo continúa su maratón invitando a alcanzar un mundo mejor, hecho a la medida humana. Seguirá entregando poesía apta para seducir mujeres, disparándoles versos al corazón. Algunos galanes reconocen que la palabra insinuante se la prestó un poeta romántico clásico que, a fin de evitarse la paliza paterna, recurrió temprano al seudónimo de Pablo Neruda.

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Publicado 9 septiembre, 2006 por Anna en LITERATURA

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