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GONZALO ROJAS

Neruda-por grabadora- en la prisa del exilio.

Gonzalo Rojas

Artículo reproducido desde poesía esencial, Editorial Andrés Bello, 2001

Será destino pero he vivido hablando de Neruda. Tenía quince el 33 cuando leí de golpe Crepusculario, Veinte poemas, Tentativa del hombre infinito y El habitante y su esperanza. Leerlo fue entrar en la tonalidad afectiva de Pablo, en sus experiencias y sus visiones, en el respiro mágico de sus ritmos.

Otros cantan al levantarse en el aguacero transparente de a ducha; yo decía sus versos en ese diapasón, matizándolo con Quevedo y con San Juan, y el Baudeleire de “le frisson noveau”. Partía hacia el liceo con el frío del sur de Chile y muchas veces tuve que defender esta palabra sagrada que en el primer volumen de Residencia en la tierra cobró, para ese niño que fuimos sus lectores, del hondón provincial, un sentido religioso.

El 36 debí cruzar espada con el mejor profesor que tuve nunca de español, el venezolano don Félix Armando Núñez. Nadie como él para leernos a los clásicos desde adentro y decirnos desde esa formación estricta a su Goethe y a su Novalis. La cosa fue así: alguien, alguno de mis compañeros, le preguntó en la clase por Neruda

-¿Neruda?, dijo: “Pero quién va a entender el desvarío por el desvarío. Yo me quedo con Crepusculario, prosiguió. Allí se ofrecía mucho más”. Los muchachos se miraron de reojo y, sin esperar invitación, avancé hacia el pupitre: “-Por favor, don Félix, hablemos en serio. ¿Me permite explicar lo que usted dice que no se entiende?” Y le dije tartamu- deante “Sólo la muerte” en sus siete estrofas desiguales, deteniéndome en las construcciones de aspecto arbitrario para iluminarlas con mis pequeñas claves sensitivas. Puse esos símbolos en el aire como los repito ahora mismo:

-Hay cementerios solos, etc.

El maestro finísimo me dejó hacer con su dignidad, añadiendo aproximadamente esta frase: -El hombre debe defender su pensamiento.

Por mi parte, no olvidé esa lección de libertad en la que Venezuela se me dio ya entonces con su fulgor y su gracia desde el rostro sonriente del profesor Maturín, que no parecía confiar gran cosa en la teoría literaria.

Es que uno no sabe, como me gusta decir. Piensa uno que Neruda, más allá de su genio y su dominio, ha sido casi nuestra respiración; y no porque este aire no se nos diera tantas veces en disidencia. Pero aprendimos a ver, a oler, a oír el mundo con su palabra, transidos de ella; arrebatados por ella; como por la de Huidobro y la del otro Pablo. Y en mi caso de errante, por la de Gabriela.

Crecimos con Neruda, nos enamoramos con Neruda, nos embriagamos y nos desollamos con él, fuimos con él hartazgo y desenfreno, y hondando en los sentidos volamos hasta el absoluto. Lo cierto es que Residencia en la tierra y estoy vertiendo acaso el testimonio de mi generación del treinta y ocho nos hizo bajar el fundamento. Y el “humus” visionario nos hizo más estrictamente hombres. Vuelo hacia atrás y entro sangrando por la nariz al estallido del treinta y seis. Teníamos 18 años y todavía nos deslumbran las llamas del amanecer de aquella poesía-conducta que nos puso simultáneamente frente a España (¡nuestra España hasta los tuétanos!) y frente a la realidad del cambio. También nosotros quisimos marchar desde nuestro Chile con la brigada internacional. Y ese viento del pueblo que encendió las más altas voces con la luz del romancero rescatado por Lorca –desde Machado a Alberti, hasta llegar a Miguel Hernández- nos despertó de golpe a una realidad desconocida. Con España aparta de mí este cáliz y España en el corazón fuimos al rehallazgo de la madre ensangrentada y, visionarios como siempre, Vallejo y Pablo vaticinaron la nueva y larga trizadura que ha encarnado en nosotros y que llega hasta hoy en este vuelo de fortuna que hubiera asombrado al mismo Eurípides.

Pero no compartimos con el gran poeta de Residencia su desdén por este libro esencial. Antes bien lo leímos y lo releímos sin delirio alguno de interpretación, en la certeza de que eso no era la niebla ni el estrago, sino la semilla. Por otra parte, no acepté jamás ese postulado de Eduardo Anguita según el cual Neruda era el peso de la noche y Huidobro el de la gracia como si aquél fuera el desfallecimiento sumo y éste la suma libertad. ¡Demasiado Keyserling facilón el de las Meditaciones Sudamericanas!

Ni con Neruda detractor de su propia palabra, ni con los detractores de Neruda. La poesía es, y muera el sectarismo.

Será destino pero hablar de Neruda es leerlo. Y más: irlo leyendo siempre con la misma inocencia, sin “parti-pris”. No hay dos ni tres en él sino uno unitario, pero hay que descubrir esta palabra allí mismo, desde su propia respiración. Lástima de tanta y tanta hermenéutica de adhesión total tanta por apenas el nombre. Seguro que él mismo estuvo siempre con el que lo leyó en la búsqueda y nada más. Porque no hay otro encuentro con la Poesía.

 

 

 

   CINTIO VITIER

Un recuerdo de Neruda en La Habana

                                       Cintio Vitier

Recordaremos siempre aquella voz paseándose por el pasillo central de una sala hechizada. Era la Academia de Artes y Letras de Cuba, al amparo del vetusto Arco de Belén, centro mágico de La Habana Vieja. Para mí, además, era el primer salón donde esgrimí un violín adolescente al servicio de La bella cubana de White, mientras el anciano maestro Eduardo Sánchez de Fuente aprobaba cojeando y riendo mis esfuerzos musicales. Pero de pronto la música era otra. Era aquella voz andante recitando los sonetos de Quevedo con un entrañable dejo indígena que evocaba el de Gabriela Mistral salmodiando los lutos y glorias de José Martí. Era la voz de Pablo Neruda, con su lenta corpulencia de vibraciones cobrizas venidas de los siglos de oro con un perdido brocado inca que sin querer iba pisando. Sin querer parecía hacerlo todo, queriendo su desganada vehemente querencia entre carbón encendido y ceniza. La mujer, en el centro. Quevedo, águila fúnebre, a su lado. Ya habíamos tenido los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que pasó del corazón hacia el perenne ocaso romántico. En los álamos y framboyanes de los parques de La Habana que Fina, Bella, Eliseo y yo paseábamos hasta el golpe de la mayor espuma y el más íntimo infinito, entronizada estaba su palabra hirviente ya, y helándose ya, para entrar en el territorio de Residencia en la tierra, el único continente creado por los escombros del mundo. Juan Ramón al principio no lo entendió, hasta que, andaluz y sefardita al fin, empezó a sentir el olor del humus territorial americano, aquella descomposición de unos orígenes, aquella desolación de una quena quemándose, aquella nostalgia conquistadora de horizontes arrasando un destierro. Mi violincito, a su modo, se acercaba. El poeta volvía sonámbulo por el pasillo central de la Academia, escogió el Arco de Belén para su tránsito, abrazando a Quevedo entraba en la eternidad.

Publicado 9 septiembre, 2006 por Anna en LITERATURA

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