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ROBERT PRING MILL

¿Qué significa para mí Neruda?

                                                                        Robert Pring Mill

 

Dos hombres muy distintos, ambos muy queridos: el noble poeta de corazón tan ancho, cuya obra inmensa me ha venido iluminando y sosteniendo durante muchas décadas, y luego un amigo muy querido durante los últimos ocho años de su vida. Su poesía me ha convencido y conquistado a partir de mi primera visita a Chile, en 1949, y ya llevaba muchos años explicándola cuando el poeta vino a Oxford para recibir su doctorado honoris causa en 1965: Pablo y Matilde pasaron ocho días donde nosotros, en una casita muy aislada, y fue entonces que cobramos confianza en largas conversaciones vespertinas y nocturnas sobre Chile, sobre nuestras respectivas experiencias de Birmania y la India, sobre España y sobre su propia obra. Después trabajaría con él (mayormente sobre el génesis del Canto General y de las Odas) primero en su casa de Isla Negra y luego en París y en “La Manquel”: teníamos acordada una nueva visita suya a Oxford a fines de 1972 para dialogar en acto público sobre las funciones de la poesía de compromiso en Hispanoamérica, mas Matilde me tuvo que llamar ya en vísperas del viaje para decirme que le tenían que volver a operar de emergencia… Desde entonces ya nunca le volví a ver, aunque nos seguimos carteando después de su regreso a Chile.

En cuanto persona Neruda era inmensamente humano: leal en sus amistades, perspicaz observador de cuantos le rodeaban, con gran sentido del humor (sutil en sus ironías aunque feroz en lo satírico) pero muy tierno con los niños y las damas, y con cierto si-es-no-es de travieso y caprichoso cuando le daba la gana. El hecho de haberle conocido enriqueció mi vida sobremanera, tanto en lo humano como en mi profesión, y el estudio de su obra me ha venido ocupando durante casi medio siglo: el poder hundirme en ella ha sido un constante “caer como en un pozo para salir del fondo / con un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas” (Macchu Picchu). En cuanto poeta fue magistral en varios campos, pero aunque éstos se le abrieran sucesivamente después los iría cultivando a veces casi en paralelo: de ahí que jamás se le puede escindir en una sucesión de compartimentos incomunicados. A mi ver sobresalió en cuatro campos muy distintos y en todos ellos su poesía me ha encantado (aunque de modos muy diferentes y en muy distintas fases de mi propia vida).

El primer campo en abrírsele fue aquel de la poesía de amor, adiestrándose en ella en Crepusculario (1923): colección que superaría, y de mucho, en tres obras ya mayores, los Veinte poemas de amor (1924), mezcla de embriaguez y de tristeza; el rico y apasionado amor de los Versos del Capitán (1952), posterior en casi treinta años y mil veces más

maduro en su intensidad; y los Cien Sonetos de Amor (1959) que huyen las rimas y sonoridades del soneto clásico en busca de otra música muy diferente, edificando sus “pequeñas casas de catorce tablas” deliberadamente algo toscas con “hacha, cuchillo, cortaplumas”. A pesar de todas sus diferencias, estas cuatro colecciones van entretejidas por sus zonas de referencia esenciales (la tierra y el mar, grano, sangre, el agua, la madera) en cuya interacción reside, a vrai dire, la profunda continuidad del pensamiento nerudiano en toda época de su extensa producción.

En segundo lugar vendría el alucinado pensador ensimismado y triste de Residencia en la tierra (1925-1935), manejando muchas de las mismas correspondencias terrenales, pero de modo más desolador, cuyas profundidades anímicas se habrían de volver a sondear –pero ya con la sabiduría e los viejos que van rememorando su experiencia- en dos de las siete fascinantes colecciones póstumas (Jardín de invierno y El mar y las campanas) en las cuales Neruda ya se muestra muy consciente de la proximidad de la muerte: cuando “Hora por hora no es el día, / es dolor por dolor”, y “el tiempo no se arruga”… (Es a estas dos colecciones muy posteriores que yo regreso con mayor frecuencia, ahora que también soy viejo.)

Tercero: el máximo poeta comprometido de su siglo, ingresando en dicho campo como “bardo de utilidad pública” ya en España en el corazón (1937), a raíz de su toma de conciencia durante la guerra civil, pero expresándose después con máxima nobleza en las sonoridades epicolíricias del Canto General (1950) al proclamarnos “Yo estoy aquí para contar la historia” (aunque lo hiciera muy a su manera). En esta inmensa obra lo vemos subir muy dignamente hasta las Alturas de Macchu Picchu (CG:II), para luego recorrer la historia de su continente desde la llegada de los españoles hasta su propia época (cuando él compondría más de la mitad de su epopeya estando en la clandestinidad, escondido en una serie de ‘casas seguras’ en la zona central de Chile).

Terminado el Canto General su compromiso para con la izquierda y con su pueblo ya le llevaría más bien por el camino de una sencillez mucho más realista en la poesía de las Odas, pero éstas ya representan lo que considero ser un cuarto campo en su legado poético: sólo entonces supo relajar la tensión trágica, expresándose sobre toda manera de ‘cosas’ elementales con ternura y alegría y con gran finura de humor: rasgo que siempre habría estado presente en el hombre mismo, pero que sólo dejó florecer en verso a partir de ciertos Versos del capitán para luego mostrarse más cumplimentado en todas las tres colecciones de las Odas Elementales (1954,1957) así como después en el extraño y merecidamente conocido Estravagario (1958). (Pero en Estravagario los versos ya se le empiezan a teñir de vez en cuando con algo de aquella melancolía otoñal que ya sobresaldría en las últimas colecciones de su poesía póstuma).

Tengo poemas predilectos en cada cual de estos campos y todos cuatro me parecen igualmente ricos (aunque por razones muy distintas). Por esto no me atrevería a decir cuál sea mejor. Pero permítaseme una sugerencia: quien desea compenetrarse con las intimidades de su pensamiento vaya a una colección que no es de las más famosas, por ejemplo, el librito Plenos poderes (1962), y léase en ella primero “Los nacimientos” y “En la torre” y luego sus dos poemas de apertura (“Deber del poeta” y “La palabra”). Todos ellos me parecen poemas-clave para abrir las puertas más secretas de su creación poética.

En verdad los cuatro grandes ríos de su canto se complementan y completan gracias a una subterránea continuidad cuyo secreto reside en algo que dijo el poeta en su Discurso de Estocolmo (cuando recibiera el Premio Nobel en 1971): “Pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la identidad del hombre y la secreta definición absoluta de que es la poesía universal, pero “la secreta revelación de la naturaleza” es ciertamente lo que siempre anima las honduras de su propia poesía, mientras aquellas tres parejas de elementos contrapuestos parecen resumir todas las polisemias de sus más profundas continuidades (a pesar que no siempre supo mantenerlos en equilibrio perfecto -¡ni quiso hacerlo!- ora dejándose ensimismar quizás demasiado en sus propias soledades, ora dejándosele imponer la univocidad del elemento doctrinario casi hasta el punto de la estridencia).

El énfasis se le iba y venía según la época entre los dos polos opuestos de la solidaridad, mas el poeta sólo se colmaba de laureles cuando ninguna de las dos logró ocultar la otra; y luego- ya hacia el final de su vida- la serenidad de su última poesía solitaria nos lograría comunicar una nueva especie de ‘solidaridad’ más universal y muy humana, la cual cala más hondo que aquella de cualquier compromiso partidario durante su vida más activa. Como Neruda también dijo en aquel discurso, “cada uno de mis poemas quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendrán pudieran depositar los nuevos signos.”

Dignun et justum est, aequum et salutare: su poesía siempre tiene una palpabilidad sensible y una muy evidente utilidad instrumental; y siempre nos indica aquellos “cruces de camino” muy claramente, aunque no todos sus lectores siempre escogerían el mismo camino que el poeta en cada cruce (y aunque nuevos signos que él ni vislumbró quizás nos hayan de indicar otros caminos en futuros siglos). Mientras, tanto, sin embargo, yo me quedo muy enriquecido y satisfecho con el legado de su gran “osamenta” de palabras “duras / como huesos al aire y a la lluvia”, las cuales le fueron conformando lentamente la riqueza de aquel “porfiado esqueleto de palabras” (“Celebración”, 2000, 1973) que él nos ha brindado y confiado.

 

 

THIAGO DE MELLO

Neruda vivo y cantando

                                                                     Thiago de Mello

Dentro de mí cantando, sigue vivo. Lejos, en la más larga distancia, pero conmigo, vivo y cantando. Para siempre vivo, su canto late en el pecho chileno, vivo canta desde el amanecer dentro del corazón latinoamericano el Poeta Pablo Neruda, que nunca cesa de cantar, nunca se cansa de vivir cantando. Porque nació hace cien años, nació otra vez en el jardín de su casa de Temuco, nació en Santiago de Chile bajo los álamos dorados, nace otra vez cantando para los mineros del carbón de Lota, siempre cantando nace, por el milagro de la poesía, cuando canta para las piedras de las Alturas de Macchu Picchu, para el agua del Sena que corre bajo el Pont Mirabeau, para la belleza perturbadora de la mujer que pasó a ser la preferida de todos los amantes del mundo que la siguen perdiendo en todas las noches estrelladas bajo las cuales siguen cantando que pueden escribir los versos más tristes, canto que da plenos poderes a la primavera que se levanta de las olas del océano Pacífico, con quien aprende a nacer y a renacer a cada instante, y más dulce es su voz cuando canta la aurora que se levanta de un durazno abierto, de la humilde lapa que le canta desde la concha de una cholga en el mercado de Puerto Montt, y su canto de repente se yergue de una ventana de Nice, se mezcla con la canción del viento en las palmeras del Lejano Oriente, nunca de cantar descansa montado en el caballo que sabe que es preciso cruzar la cordillera para que él siga cantando, su canto que resuena en nuestro pecho largo como un pétalo y se confunde con el milagro sonoro de la multitud de pájaros del río Amazonas, capital de las sílabas del agua, como poderoso nace y canta dentro del pecho de nosotros, cien años después del primero cántico que fue su nacimiento en Parral de Chile, su canto por la belleza de la condición humana y por la libertad de nuestra América

Conocí personalmente a Neruda en Río de Janeiro en el verano de los años 60, cuando hacía ya tiempos que su poesía enriquecía mí vida y me gustaba decir en voz alta, en el atardecer del puerto de Manaus, que los marineros besan y se van, que en cada puerto una mujer espera, pero un día se acuestan con la muerte en el lecho del mar. Fue por ocasión del lanzamiento de mi libro de poemas Vento Geral. Neruda llegó a la Livraraia São José de Río de Janeiro por la mano de nuestro común amigo Jorge Amado, que le fuera recoger al barco que hacía escala en Río, camino a Francia. Me abrazó como si fuéramos antiguos compañeros, aunque yo fuera mucho más joven. Al mirar conmovido su semblante descubrí que él tenía la sonrisa y la mirada de un niño. Mi asombro se fue transformando en ternura. Y cuando le dediqué un ejemplar de mi libro, muy naturalmente, casi sin darme cuenta, escribí su nombre en el cariñoso: Para Paulinho Neruda, por la felicidad que me da su poesía. Y por Paulinho lo seguí tratando, para alegría suya, por los infinitos años de nuestra convivencia. No es pecado contar que el diminutivo poco a poco pasó a ser adoptado por sus amigos más antiguos, Rubén Azócar, Orlando Oyarzún, Jorge Sanhueza, María Martner, Homero Arce, hasta esta grande figura que es Volodia Teitelboim, que, sin embargo, prefería la voz chilena, Pablito. Perdone el lector estos pormenores antiguos, guardados en un recanto especial de la memoria, fragua del milagro de la amistad.

Meses después, llegaba yo a Chile, nombrado por el Ministerio de Relaciones Exteriores agregado cultural de la Embajada del Brasil, donde me quedé hasta que sobrevino el terror de la dictadura militar en mi país. Años que nunca los podré olvidar. Mientras viva, como dicen los indios del altiplano boliviano. Durante los cuales fue constante, intensa, íntima, mi convivencia con Neruda. Poco tiempo después de mi llegada, él me llamó para decirme que yo fuera a vivir en la Chascona, la maravillosa casa que tenía en Santiago de Chile. Que yo tratara del arriendo con la Matilde. Con Ana María y sus hijos (un tanto míos también) María Cristina y Alejandro, vivimos un tiempo encantado en La Chascona, hoy día sede principal de la Fundación Pablo Neruda.

Frecuentar la intimidad de Neruda y merecer la ternura de su amistad fue una de las más preciosas dádivas que la vida me ha dado. Él tenia el poder de crear una atmósfera mágica a su alrededor. El sortilegio contagiaba a las personas. Contagiaba a la sala. A lo largo de cinco años, los fines de semana eran sagrados en La Sebastiana, en las alturas de un cerro de Valparaíso, o en la Isla Negra. Con largos paseos hasta la Punta de Tralca. El poeta conservó intacto por toda su vida el don mágico de la infancia. Adoraba jugar. Baile de disfraces en sus cumpleaños: él mismo escogía el disfraz de cada invitado. Sabía como nadie inventar alegría para sus amigos.

He sido y sigo siendo su traductor. Traducir poesía, como se sabe, es tarea fascinante precisamente por ser inalcanzable. Lo máximo que se consigue es una aproximación del universo original. Es cuando se reinventa la invención. Es mía la traducción de la primera antología nerudiana al portugués. Trabajo facilitado porque tenía al vate a mi lado. Aunque me dijo, con la mayor sencillez, una vez que le pedí ayuda para penetrar en cierta metáfora de la letanía del Machu Picchu, que no estaba muy seguro.

Él tradujo algunos de mis poemas. Pero ninguna emoción fue tan intensa como la que sentí cuando él me entregó, manuscrita con su fiel tinta verde, su versión de “Los Estatutos del Hombre”, después de recitarla frente al Pacífico en el instante del brindis.

Son tan bellos los recuerdos que conservo de nuestra convivencia. Pocos son los que no guardan el sabor de la alegría.

No puedo dejar de honrar este centenario con la noticia de que, al final de cada almuerzo, principalmente comida, Neruda exigía que recitásemos poemas en coro. O él decía un verso del poema y todos lo repetíamos. Enseguida era la hora de cantar. Siempre canciones populares. La más constante, vamos a ver la ola marina, vamos a ver la vuelta que da, no llegaba a tener gracia, pero se cantaba a todo pulmón, era de la infancia del poeta. Nuestro mejor número, que llegó a ser presentado en 62, en una casa nocturna, con Nemesio, Jorge Sanhueza, Ana María Vergara, Matilde, Neruda y yo, por ocasión del Encuentro del Hombre organizado en Concepción por Gonzalo Rojas – era la Canción del Marinero. Una voz masculina hacía el solo: “¡Soy marinero!”, y el coro respondía escandiendo las sílabas: “¡Me gusta el mar!”Este refrán se repetía cuatro veces, siempre a cargo de voz masculina. Cuando le tocaba a Paulinho, quien disciplinado se sometía a dos ensayos diarios, mal entonaba la primera sílaba, los aplausos vibrantes cubrían su voz anasalada.

Poemas infalibles eran “El Álamo”, del querido Homero Arce y un soneto del peruano Baldelamar, que todos decíamos “con alma”los dos versos finales Mi padre era callado, mi madre era triste

Y la alegría nadie me la supo enseñar.

Por primera vez grabo con palabras escritas un momento muy sencillo, y de poderosa delicadeza, que fortalece mi fe en la grandeza de la condición humana. Era el año de 1963. Pablo Neruda ofrecía un recital de sus poemas para los mineros del carbón en una mina de Lota, en Concepción. Los obreros oían inmóviles, silenciosos, sentados en el suelo. Fascinados con las palabras que salían de la boca de Paulinho como pájaros felices, como manos solidarias, estandartes de luz. Y de repente pude ver en el rostro solemne de un viejo minero el brillo estrellado de una lágrima, que se deslizaba cantando.

Vivamos, amigos del mundo entero, este momento glorioso en que acaba de nacer para vivir cantando el poeta chileno Pablo Neruda.

Source: ANDRÓMEDA

Publicado 9 septiembre, 2006 por Anna en LITERATURA

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